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EL DERECHO AL CELIBATO,

o El concepto de sexualidad y las opciones sexuales: Sexo para la vida Vs. vivir para el sexo

 
 

Para el no-católico y para muchos católicos con una formación no muy sólida en nuestra doctrina, el matrimonio a veces es interpretado como un medio de utilizar su pareja para aliviar sus ansias sexuales. Quizá esa interpretación del matrimonio pudieses ser una de las explicaciones para la rápida separación de tantas parejas, una vez pasada la novedad inicial del atractivo sexual en la otra parte. Lo mismo podría explicar muchas infidelidades y adulterios.

La interpretación que nuestra doctrina hace del matrimonio representa algo mucho más serio que convivir con alguien para tener compañía, alguien que le sirva, matar el tiempo y practicar el sexo. Nuestro matrimonio es una vocación que se fundamenta en el principio de la familia y se celebra por medio de un sacramento. La entrega mutua y total, asentada en el amor. Cumple llamar la atención para el hecho de que no es algo obligatorio. Se casa quien quiere con quien quiera. Yo todavía le añadiría un “y que tenga la capacidad de asumir y honrar sus compromisos”.

Hay entretanto otro tipo de matrimonios, formados por aquellos cuyo amor y dedicación al bien y felicidad de la otra persona supera al placer sexual momentáneo que pueda obtener con ella.

Los matrimonios de ese tipo suelen ser los que duran mucho más que los de aquellos “del periodo de la novedad sexual”. Por razones obvias sus hijos suelen tener la ventura de desarrollarse en ambientes más estables, respetuosos, ejemplares, constructivos, alegres y solidarios que los resultantes de las uniones del tipo anterior.

Por más que pueda extrañarle al lector, hay gente soltera que no se interesa por el sexo, tal como uno asumiría que pudiese ser lo general. Y eso es un derecho inalienable que tienen y que hay que respetar; seria absurdo querer obligarles a practicarlo les guste o no.

Hay también personas solteras y casadas que libremente optan por la vida consagrada, de la cual juntamente con la contracción de otros compromisos el sexo deja de hacer parte de su forma de vivir, porque sus intereses en la vida pasan a ser otros.

Lo mismo pasa con el celibato sacerdotal. Hasta el momento de hacer sus votos el sacerdote ha tenido innumeros momentos de reflexión y oportunidad para desistir, durante los seis a siete años como seminarista. No se puede argumentar “que no estaba muy seguro de lo que quería”.

Una persona que quiere dedicar su vida plenamente a Dios tiene el derecho de no querer acumular también la responsabilidad de una familia, lo que le quitaría casi todo el tiempo que se propone a dedicar a su parroquia o entonces, quitárselo a su familia. En mi entender lo más probable es que terminara siendo un mal sacerdote y un mal padre de familia. Quienes tienen hijos bien saben lo que es esa responsabilidad: abrigo, salud, alimentación, escuela, tiempo de atención familiar etc.

Respetuosamente y sin querer disminuir a quien quiere que sea, no hay términos de comparación entre el obrar pastoral y social de la Iglesia y el de todas las demás religiones que tengan ministros casados juntas.

Y para los que quieren las dos cosas a la vez también hay una opción en la Iglesia, y no entiendo porque los que viven queriendo casar a los curas no se enteran. Es el diaconado.

Aquellos que tengan la doble vocación del matrimonio y de servir a Dios pueden hacerse diáconos. Una opción que está abierta a todos que reciban al llamado.

Ya he tomado conocimiento de varios casos de sacerdotes que se sienten verdaderamente acosados por personas y, principalmente, por campañas “a favor” de que los curas se casen,  promovidas por ciertos medios de comunicación los cuales ningún interés tienen en la fe ni en la Iglesia salvo el de criticarla en cualquier cosa que haga. Clamor ese que nunca lo ves saliendo de la boca de los propios curas ni en manifestaciones públicas suyas, ¿entonces, en nombre “de quien” clama la prensa?

Creo que no está demás recordar que -aquí en occidente- todas esas opciones de vida sexual son voluntarias. Son cosa de cada uno que no ofenden ni deberían molestar a nadie.

Con base en los valores, usos y costumbres de la civilización cristiana traídos y cultivados en occidente se desarrolló un sistema de leyes laicas que no permite las transacciones que incluyan a los hijos, la imposición de matrimonio, la ablación de la mujer, la sumisión de vírgenes a ritos sexuales de sectas, la poligamia, la disminución de los derechos de la mujer o la castración compulsoria en varones como penalidad o por pertenencia a casta social.

Así siendo, aquí todas las personas son libres para elegir si quieren ser padres de familia, curas, monjas, solteros célibes o no, santos, pecadores o lo que sea, por su cuenta y riesgo pero nadie tiene el derecho de querer imponerle sus preferencias a los demás.

Hasta aquí hemos abordado la sexualidad dentro de los parámetros que entendemos como, digamos, “mutuamente complementarios por el orden de la naturaleza”, entre los dos géneros de la especie humana. Y para el católico consciente, con un fin específico de procreación y formación de familia.

Juntamente con el sexo Dios nos ha dado también el libre albedrío, lo que significa que si nos ha hecho totalmente libres a Su semejanza para decidir lo que hacemos, nos ha hecho también responsables por el uso de esa libertad, y consecuentemente sujetos a los efectos de nuestros actos.

Excepción hecha a aquellas que son victimas de cualquier forma de yugo o abuso, cada persona le da un propósito y sentido propio al sexo haciendo uso de su libre albedrío, entendimiento moral, voluntad y consciencia.

Es curioso notar que los mismos que hacen campañas para forzar a los sacerdotes a que abandonen el celibato no las hacen para que los sadomasoquistas abandonen las torturas, los homosexuales se conviertan en heterosexuales y viceversa, los que hacen comercio voluntario de su cuerpo no lo hagan más,  que las redes de pedófilos que infestan todas las áreas de la sociedad e Internet (no solo los incrustados en el clero) pasen a tener vergüenza y se abstengan del abuso de niños indefensos, que los tratantes de blancas liberten a sus victimas subyugadas y sometidas a la prostitución mientras que los “clientes” que alimentan a ese negocio degradante de la especie humana dejen de disfrutar con eso, que los que practican sodomías con animales se abstengan de tal practica, que los que se sacian con el sexo libre en cualquier grado de perversión se abstengan, y un largo etc.

¿Muy curioso y extraño, verdad?

Lo que más les molesta es solamente el celibato de los curas… ¿No ves algo raro y sospechoso por detrás de todo esto?

Cierro el tema con una carta del Padre Jordi Rivero en respuesta a uno más de los que parecen no estar muy contentos con que los curas que resisten a casarse:

 
 

Estimado hermano en Cristo

Dios te bendiga

Su pregunta sobre el celibato la respondo como sacerdote ordenado hace 19 años y MUY feliz de poder imitar a Cristo célibe. Lo considero un don que no merezco.

Primero, recuerda que para buscar la verdad hay que comenzar con no enredar las cosas. A nuestro enemigo el diablo le gusta mucho torcer la verdad para engañar. Ya en el principio la serpiente le dijo la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?» (Gen 3,1)

Dios no había dicho de "ninguno" sino que podían comer de todos menos uno. La diferencia es grande. Pero el diablo quiso exagerar la prohibición para presentar a Dios como un enemigo del hombre.

Usted nos pregunta por que la Iglesia "impone" el celibato a "todo aquel que tiene un cargo dentro de la iglesia católica". Es cierto que la jerarquía de la iglesia es célibe, pero hay diáconos casados y además hay muchos laicos con cargos en la Iglesia sin ser célibes. Además a nadie se le obliga a ser sacerdote ni a ser célibe. Escogimos y aceptamos libremente ser sacerdotes con todo lo que la Iglesia requiere para esa vocación.

Un candidato al sacerdocio, aun cuando se sienta muy seguro, tiene muchos años de seminario para pensarlo bien y hacer una decisión libre y madura. Yo lo acepto felizmente porque se que es Dios mismo quien me lo pide a través de la Iglesia. Soy célibe, no por una imposición arbitraria sino por una llamada de Dios a la cual asiento con todo mi corazón y con profundo agradecimiento y alegría. Dios me ha pedido una entrega y me ha dado más que el 100 por uno, tal como lo prometió.

Nos preguntas si creemos que a Dios se le pasó un detalle. "No, a Dios no se le pasó nada por alto. Todo lo hizo perfecto. Es así que regaló al hombre el maravilloso don del matrimonio, elevándolo a ser sacramento. Pero también quiso invitar a algunos al excelso don del celibato. Así quiso enriquecer a su Iglesia con diversas vocaciones, todas fundamentadas en el amor, todas para Su gloria.

¿Por que ser célibes? Comprendo que no se entienda desde la perspectiva de este mundo. Hay que abrir el corazón a otra dimensión, pues somos capaces de un amor superior, un amor que nos llama a la inmolación de los deseos carnales. Lo hacemos con alegría, no por despreciar la creación de Dios (¡no somos maniqueos!) sino para entregarnos mas de lleno a

Dios y ser mas libres para servir a todos. El cardenal Ratzinger ha dicho: "Ser vírgenes y saber practicar periódicamente el ayuno es atestiguar que la vida eterna nos espera; mas aun, que ya esta entre nosotros. Sin virginidad y sin ayuno, la Iglesia no es ya Iglesia; se hace intrascendente, sumergiéndose en la historia".

Imitación a Jesucristo. Cuando la Iglesia requiere a los sacerdotes del rito romano el celibato nos está llamando a ser como Jesucristo quien fue célibe para entregar su corazón igualmente por todos los hombres. San Pablo comprendió esto muy bien, siendo el también célibe y por eso lo recomendó como el mejor camino: "Por tanto, el que se casa con su novia, obra bien. Y el que no se casa, obra mejor." I Cor 7, 38.

¿Fueron los 12 apóstoles casados?. No lo sabemos por cierto. Ni siquiera sabemos si San Pedro estaba casado cuando lo llamó el Señor. Sabemos que tenía suegra, pero es extraño que jamás se menciona a la esposa de ninguno. San Pedro muy bien podría haber sido viudo.

La Iglesia tiene la autoridad de Cristo. Es cierto que el requisito del celibato para los sacerdotes es una disciplina eclesiástica y no un Mandamiento del Señor, y es cierto que en la Iglesia Católica, en los ritos orientales, hay buenos sacerdotes casados. Pero la Iglesia tiene la autoridad para establecer los requisitos de los candidatos al sacerdocio porque el sacerdocio no es de derecho natural. Es decir nadie tiene "derecho" a ser sacerdote porque se trata de un llamado sobrenatural. Hebreos 5,4-5

Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón.

De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.

Los católicos creemos que Cristo estableció una Iglesia y le prometió el Espíritu Santo para que pudiese enseñar con autoridad la verdad. A sus pastores les otorgó autoridad para gobernar y establecer la disciplina eclesiástica. Comprendo que quien no acepta la autoridad de la Iglesia y piensa que se trata de un invento de los hombres, no puede apreciar lo que el Espíritu enseña a través de ella. Creo que aquí radica la diferencia fundamental entre nosotros. Pero al menos pienso que podría usted admirar que algunos cristianos quisieran seguir las recomendación (ya citada) de San Pablo sobre el celibato para ser así imitadores de Cristo.

¿Y las tentaciones? A usted le parece que el celibato pone una carga que lleva a la tentación. Comprendo que para muchos el celibato sea incomprensible. La mayoría de las personas están llamadas al matrimonio, vocación mas fácil de entender al nivel natural. El celibato no se puede entender sin una gracia especial sin la cual solo se ve aquello a lo que se renuncia. Pero hay mucho mas: se renuncia no para quedarse en el vacío sino porque Dios quiere unir nuestro corazón al suyo que es todo amor. Es por El que renunciamos al deseo natural de tomar esposa y tener una familia propia. Aunque es cierto que el celibato libera para poder dedicarse mas al apostolado, esa no es su razón principal. El celibato es ante todo ofrenda a Cristo de un corazón indiviso. Lo hacemos impulsados por un amor loco que se entregó por nosotros en la Cruz. Lo hacemos para ir mas allá y vivir solo para El y como El. El celibato es entonces un signo de la vida del cielo donde el amor no es carnal sino amor pura participación de la vida divina.

Mateo 22,29-30

Jesús les respondió: «Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo.

Toda vocación requiere negación de si por amor a Cristo y siempre el enemigo querrá hacer ver que la felicidad está en no sacrificarse. El demonio hace ver como si fuera imposible ir mas allá de lo terreno, de lo natural. Entonces el celibato sería imposible.

Por el contrario, la fe nos lleva a confiar en que Cristo nos da la gracia para una vida nueva, una entrega mas radical que sirva de signo para el mundo del amor del cielo.

Las tentaciones no se vencen huyendo de la vocación sino viviéndola bien, en profunda gratitud y entrega. El sacerdote que vive bien su sacerdocio tendrá la asistencia divina para una generosa entrega de su corazón. Primero en su relación personal con Dios y con la Virgen nuestra Madre. Entonces, dándose en la pastoral, sirviendo como padre al pueblo de Dios. ¡La mejor defensa está en vivir desde el Corazón de Jesús y de María nuestra vocación!. ¡Le aseguro que felicidad igual no hay en este mundo! Pues la transformación en Cristo, según la vocación de cada cual, comienza aquí en la tierra. Es por eso, que quien cree en el poder transformador de Cristo y confía en El, será capaz de vivir felizmente célibe por el Reino de los Cielos.

Si usted piensa que el sacerdocio está en crisis y que casarse resuelve la tentación, ¿como se explica usted la crisis matrimonial que es aun mayor hoy día?. Querido hermano, Jesús es infinitamente poderoso y bueno. El nos da todas las gracias necesarias en la Iglesia: Los sacramentos, la doctrina, la riqueza de la comunión de los fieles. El problema no es la vocación sino nuestra falta de fe. Si quitamos los ojos de Cristo, nos hundiremos en las tormentas de la vida, tal como le ocurrió a Pedro cuando Jesús le llamó a caminar sobre las aguas.

Mi experiencia. Recuerdo que antes de hacer mi decisión por el sacerdocio, el celibato me parecía una dura renuncia, pero una vez hecha la decisión me di cuenta que no se podía comparar el sacrificio con el gozo del tesoro escondido que encontré en mi vocación. Le doy gracias a Dios de todo corazón por este regalo y comprendo que es solo por El que puedo sostenerme fiel. Comprendo que otros, sin duda, podrán llegar a ser santos en el matrimonio (cosa tampoco nada facil). Mi experiencia es que a los casados, si aman a la Iglesia, Dios les dará la apreciación de la importancia del celibato, como a nosotros los célibes nos da apreciación del matrimonio. Pues ambos son caminos de Dios que se complementan y enriquecen mutuamente en la gran comunidad que es la Iglesia.

Mateo 19,29

Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.

En los Corazones de Jesús y María, Padre Jordi Rivero

 
 
El original de esta carta (además de algunas explicaciones adicionales, sobre el celibato) puede ser encontrado en la siguiente web: 

http://www.corazones.org/diccionario/celibato.htm