Ya hubo varios intentos de crearse lenguajes artificialmente, todos ellos frustrados porque los únicos interesados en hablarlos siempre terminan siendo sus propios impulsores.
El habla se ha desarrollado naturalmente como una necesidad para la comunicación de la especie humana. Pero en los casos en que deja de aplicarse a lo general para especializarse y orientarse hacia interpretaciones e intereses de grupos particulares el idioma se convierte en un dialecto particular, poco útil para los demás. Y cuando esos pocos quieren imponerle a los demás la forma en que ellos también tienen que hablar me parece una insensatez arrogante.
Soy varón y jamás me ha molestado que se diga que soy “UNA de LAS personas presentes en una sala”; decir demagógicamente que “hay personas y personos en la sala” no alteraría en nada mi realidad o naturaleza. Yo sé lo que soy y entiendo muy bien cuando se habla de forma generalizada. En mi parroquia soy catequista de adultos, y no un catequisto (como por amabilidad, ya quisieron llamarme para “no ofender”). De igual forma no creo que a algún otro varón le haya ocurrido jamás que su profesión tuviese que ser cambiada para periodisto, artisto, pianisto, cientisto, analisto, atleto, astronauto u otras sandeces. Lo genérico es general (sic.), y siemple incluye al todo.
Querer traer esa forma más de manifestación del relativismo a nuestro medio no aporta ni nos ayuda en nada. Representa solo una superficialidad más para distraernos de lo que es verdaderamente esencial.
El relativismo es el padre de lo políticamente correcto, que –paradójicamente- es lo más hipócrita e incorrecto que puede haber en la política.
El lenguaje inclusivo, como una nueva imposición del feminismo radical ha tenido una rápida acogida en los medios políticos, y eso hace recordar a Groucho Marx cuando decía “estos son mis principios y valores, pero si no le agradan tengo otros”.
Lo políticamente correcto no es más que un oportunismo barato, pues no llega a ser ni una cosa ni otra: las cosas o son correctas o no las son, independientemente de cómo al demagogo se le antoje presentarlas. Es una “herramienta” que Hitler y Stalin ya la habían utilizado hasta la extenuación, pero que ahora vuelve como una moda y con nuevo nombre.
Juan Pablo II, y ahora también Benedicto XV, se han cansado de denunciar al relativismo que se ha aseñorado de nuestra sociedad e infiltrado en la Iglesia. Verdad solo puede haber una, una “verdad” diferente ya no es LA verdad. Lo bueno es bueno y lo malo es malo; no hay “malo un poquito bueno”. Es como el embarazo: o se está embarazada o no se está.
Esta nueva imposición del feminismo radical en nuestro medio tampoco le hace mucha gracia a Madre Angélica, como ella misma lo dejó entrever en un par de sus presentaciones.
El argumento de que “…bueno, es que permite comunicar mejor” no solo no es cierto como que divide de forma sexista a aquello que nada tiene a ver con el sexo de las personas, que es el amor fraternal promulgado por Cristo. Nada se relaciona con el sexo en la evangelización, la caridad, la catequesis, la santidad, la oración o la salvación.
Que algunos políticos se valgan de la demagogia barata para manipular masas incultas no sorprende. Lo que sí sorprende –y hasta llega a ofender- es cuando un presbítero subestima la inteligencia de su rebaño y quiera tratarlo de ese mismo modo.
Quedarse repitiendo las mismas palabras en los dos géneros cuando todos ya saben de qué y a quiénes se les está hablando es robarle tiempo a cosas de real importancia. Últimamente algunos presbíteros parecen preocuparse más en agradar a ciertos colectivos radicales minoritarios que en preparar homilías que no aburran a la gente. Les parece dar más importancia a la forma que al contenido.
“…Los feligreses y feligresas, los hermanos y las hermanas, los parroquianos y las parroquianas… ¡blaah!”
En mi opinión el lenguaje inclusivo es siniestro y sobra en la Iglesia.
Hay una cierta denominación cristiana en el Reino Unido que, no bastándole la admisión del sexo femenino en el sacerdocio y jerarquía, ha llegado al colmo de crearse una “santísima cuaternidad” (un Dios-Padre, Dios-Madre, el Hijo y el Espíritu Santo), en lugar de la Santísima Trinidad. (sic)
¿Por qué he traído este tema a discusión? Porque no pretendo complicar mi vida con cosas que me parecen superfluas: ballenos, águilos, mariposos, gaviotos, cigüeños, araños etc.
Porque seguiré comunicándome como la humanidad lo ha hecho siempre hasta aquí, con sus usos y costumbres y no como últimamente lo quiere imponer una ideología prepotente (que además –irónicamente- representa a uno de los movimientos que más atacan a la Iglesia).
En otras palabras, espero que ahora que conoces mi punto de vista sobre este tema no te ofendas si generalizo y no distingo entre si eres mujer, hombre, adulta, adulto, niño, niña, gordo, gorda, flaca, flaco, rico, rica, pobre, chino, china, europea, europeo, blanco, blanca, piel roja, negra o negro cuando hablo. Ninguna persona deberá sentirse "excluida" porque estaré siempre hablando genéricamente, tanto cuando las palabras requieran el uso del genero femenino o masculino.
La igualdad al nivel que el Creador nos la ha asignado no es afectada por la forma en que se hable o se deje de hablar. Eso es un detalle menor (y en mi opinión, una pérdida de tiempo); lo que realmente importa es que nos comuniquemos y hagamos entender.
Seguiré empleando el lenguaje de toda la vida, porque siendo varón no me molesta ser UNA criatura de Dios.
Independientemente de que seas mujer o hombre, que Dios te bendiga.
R.’Deoduce’