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Sacerdotes Indignos
 
 
 
 
 
 
 

LOS ENEMIGOS DE LA IGLESIA

 
Sorprende ver que es la misma prensa que hace muy poco tiempo combatía al celibato y criticaba la actitud de la Iglesia por no querer admitir homosexuales en el sacerdocio, es la misma que actualmente trata de forjar pseudo vínculos del Papa con escándalos de abusos sexuales, mientras esconde el hecho de que ahora se ha descubierto que (¡que casualidad!) en más del noventa por ciento de los casos los abusadores eran homosexuales.

Esos medios que no entienden ni tienen cualquier interés por la religión, y mucho menos por la Iglesia, trompetearon hasta la saciedad sus tesis acusándola de “homófoba”, retrógrada e intolerante. Esperan que la Iglesia se haga cómplice de una permisividad que choca frontalmente con su doctrina o que se doblegue a las ideologías políticas de quienes les controlan a ellos.

La Iglesia la constituimos todos los católicos y como tales tenemos el deber de defenderla y protegerla. Pero no solo de una prensa fétida y sospechosa. Como las moscas, eso puede molestar un poco momentáneamente, pero es lo de menor importancia porque su destino es idéntico al de todos los demás perseguidores que nuestra Iglesia ha tenido que soportar por dos milenios. No hay como evitar el hedor o las moscas, pero lo cierto es que ambos pasan. Terminarán engullidas por su insignificancia, el olvido y anonimato.

En cambio, es el enemigo que ataca a la Iglesia desde dentro que al final representa más peligro y que debe tener más importancia para nosotros.
 
 
 

FRENTE AL ATAQUE EXTERIOR

¿Hasta cuando seguiremos pasivos los católicos, mirando ocurrir todo este tipo de esperpentos de brazos cruzados? ¿Qué esperamos, que solo el Papa y los Obispos tengan la capacidad de anticipar, evitar y solucionar todos los problemas y ataques que se le inflige a la Iglesia diariamente?

La Iglesia no es de “ellos”. Es de Cristo y todos somos parte de su cuerpo.

Como comunidad católica no podemos seguir mudos y omisos frente a lo que nos vaya afectando porque no nos quedaremos ajenos a sus efectos.

Vemos como pequeños colectivos  van acumulando éxitos en el día a día con sus reivindicaciones porque se movilizan, protestan, hacen ruido y ejercen todo tipo de presión que encuentren a su alcance.

¿Y qué hacemos los católicos, que somos 1,300 millones en el mundo? ¡Nada! Formamos un bando espectador victimista esperando que el Papa o el Obispo resuelvan el problema para nosotros.

¿Has visto alguna campaña de la prensa entretenida con el Papa y la Iglesia levantar la voz contra las masacres casi diarias de cristianos que ocurren en varias partes del mundo? ¿Has visto a la ONU o a cualquier otro organismo mundial mover un dedo para parar eso? ¿Has visto a algún partido político o gobierno pronunciarse o interesarse por el tema? Se difunden las noticias de masacres desde que los masacrados no sean cristianos.

La prensa y demás medios de comunicación dependen y viven de nosotros, y nosotros somos la mayoría en casi todos los países de occidente. Si esa gente tiene la costumbre de someterse a las presiones de grupos minoritarios (y a veces hasta a grupúsculos insignificantes)  con mucha más razón tendrán que respetar los derechos de las mayorías (desde que estas se hagan una realidad perceptible; pero antes hay que hacerse perceptible y si posible sensible).

Una buena forma de hacernos perceptible a los medios y a los políticos es “agujerearles el bolsillo”, lo que es más fácil de lo que parece a primera vista y que está al alcance de cualquiera, pero solo si hay voluntad de hacerlo. Para los medios infectos el remedio es simplemente forzarle a desertar sus anunciantes no comprando los productos de las marcas (siempre hay otras) que ellos anuncian y a los políticos sin valores morales haciéndoles saber de antemano que no verán más nuestros votos.

Esa es una fórmula de éxito comprobado. Basta observar con detalle qué es lo que viene ocurriendo en los países de gobiernos populistas. La única, repito: única diferencia entre los grupos que se hacen oír y nosotros, los católicos, es que ellos se organizan y movilizan mientras nosotros permanecemos acomodados, sorprendiéndonos y quejándonos de lo que se les está imponiendo a nuestros hijos en moral, educación, salud, deudas y perspectivas de futuro. (Vale la pena leer el artículo “Cristianos Durmientes” con enlace en esta web)
 
 
 
 
¿Cuándo y cómo pasarán a respetarnos y hacerles parar de hostigarnos gratuitamente?

* El día en que también nos organicemos los laicos para actuar coordenadamente y que nuestro tamaño y real importancia sea perceptible (la Iglesia es visible y se creen que nuestro lugar debe ser confinados dentro de los templos). Hay que hacerles entender que además de católicos somos ciudadanos con derecho a voto y los contribuyentes que costean todo lo que se hace en la cosa pública.

* El día en que también nos agrupemos en asociaciones y formemos nuestros propios lobbies para recordarle a los políticos (a los que siempre dicen hablar en el nombre de la ciudadanía) de adonde es que salen los votos y que les estamos observando.

* El día que nos asociemos como católicos de igual modo a como hacemos cuando nos filiamos en Greenpeace, Salve el tiburón blanco, cocodrilos, monos y otros bichos, Amnistía Internacional (que se ha tornado pro-abortista) y tantas otras organizaciones.

* El día en que nuestras asociaciones laicas empiecen a llevar a los tribunales a los medios, políticos, agrupaciones, artistas, autores, entidades públicas y privadas que nos discriminen o que ataquen, destruyan, profanen, calumnien u ofendan lo que nos es sagrado; a nuestra fe o a la Iglesia. No nos hacen falta revanchismo ni las tácticas brutales semejantes a las cometidas contra la Iglesia en el largo de la historia ni las demostraciones al estilo de los islamistas radicales a las que nuestros acosadores tanto temen. Nos bastará la Ley, máxime si una abrumadora cantidad de demandas les llega simultáneamente de todos los lados.

* El día en que los laicos nos tomemos la molestia de escribirle a los políticos, medios, organismos nacionales e internacionales con nuestras protestas y quejas en cantidades abrumadoras.

* El día que existan más organizaciones del tipo HazteOír.org y las apoyemos.

* El día que también utilicemos el “pásalo” en los móviles y e-mails como suelen hacer los militantes de los partidos políticos.

* El día en que compitamos con las webs de nuestros acosadores. Que nuestra presencia en Internet sea significativamente grande y efectivamente orientada para contraponernos a sus campañas difamatorias. Sea con webs, blogs, presencia en las redes sociales, correos electrónicos, Messenger y lo más que valga.

* El día que a los medios de comunicación acosadores les dejemos de comprar el periódico, de sintonizar sus estaciones de radio y televisión, de comprar las marcas de productos que con su publicidad financian los ataques contra nosotros.

* El día en que cuando el obispo tenga que negociar formemos multitudes en la puerta para recordarle a los demás negociadores que él no está solo y que los intereses que está defendiendo son los nuestros –de la mayoría, democráticamente hablando-  y no los suyos propios.

* El día que salgamos a manifestarnos con el mismo derecho y afán que otros colectivos tales como los sindicatos, artistas, el orgullo gay, ecologistas, feministas, abortistas etc., para hacer perceptible nuestra mayoría y peso, que también existimos.

De momento todo eso no pasa de una posibilidad. Pero puede convertirse a corto plazo en una realidad explosiva porque que existen líderes potenciales por todos los rincones, quienes se pueden movilizar empezando modestamente una o más de esas pequeñas cosas. No se requiere dinero, mucho tiempo ni grandes esfuerzos. Son cosas que una vez empezadas luego encuentran tantos seguidores y aliados cuanto son los descontentos con la situación, y que solo estaban esperando que apareciese líder que tomara la iniciativa. Y la forma más fácil con que uno puede empezar esto es la misma por la cual se construyeron todos los grandes movimientos: simplemente cambiando ideas con un par de amigos, colegas y vecinos afines. En nuestro caso, con otros católicos. ¡Y la parroquia está llena de ellos!

Ahora te invito a ti ¡PÁSALO!
 
 
 
 
FRENTE AL ENEMIGO INTERNO
 
 
Sería mucho esperar que el componente humano –laicado y clerical-  de la Iglesia pudiese ser perfecto e inmaculado, libre del pecado. Sobretodo, sería ilógico esperar que su Jerarquía pudiese sola prevenir y resolver todos los problemas y abusos que ocurren, sin la cooperación de los fieles, cuando hasta en esa misma jerarquía pueden darse de esos casos.

Tampoco en este ámbito podemos acomodarnos, limitándonos a un papel pasivo, de meros espectadores y críticos, como si eso fuese un asunto ajeno.

Entender el contexto de en dónde ocurren los hechos que destruyen a la Iglesia desde dentro nos ayuda a identificar y a poder cooperar activamente en el combate de ese enemigo interno. ¿Por qué ocurren los abusos? ¿Qué le pasa a nuestro clero?

¿Falta de vocación sacerdotal, oportunismo profesional, intereses egocéntricos o sabotaje ideológico?

Durante las últimas décadas hemos visto multiplicarse el número de sacerdotes involucrados en herejías y escándalos de tal manera que es inevitable que la imagen de la Iglesia se vea seriamente dañada. ¿Qué es realmente lo que se está pasando?  ¿Qué hay por detrás de la mayoría de esos casos?

Una primera causa común es, sin duda alguna, la falta de una verdadera vocación. El compromiso perpetuo del Orden Sacerdotal transciende en mucho a la mera aspiración de una carrera profesional. Ese compromiso debería ser la respuesta al llamado de Dios, lo que no es un “derecho“ sino que una gracia. Tampoco es fácil superar cada una y todas las etapas que se requiere hasta culminar en la ordenación y por eso es muy difícil atribuirse todas las algarabías ocurridas a circunstancias o hechos fortuitos.

¿Estaría la causa en una falta de vocación sacerdotal, oportunismo profesional, estrategia maligna o sabotaje ideológico? Sí, así es. Las causas pueden ser esas y muchas otras más. Pero nos concentraremos en apenas esas cuatro, que considero de las más notables y dañinas a todo el Cuerpo de la Iglesia de la cual hacemos parte y a la cual tenemos el deber de proteger.

Abordaré a cada uno de esos puntos separadamente. Empecemos:

 
 
1 - Falta de una vocación verdadera

La Iglesia a que pertenecemos es una Iglesia de y para pecadores (Mt 9:13, Mc 2:17, Lc 5:32). Pero muy por encima de eso, es también la Iglesia de santos y mártires, como nunca ha habido igual en otro lugar en toda la historia de la humanidad. Que la Iglesia acoja a los pecadores no significa que también quiera contaminarse de sus pecados. Ama a todo pecador solo por su condición de hijo de Dios; no por que se complazca con sus pecados. Tan pronto el pecador se libere de su pecado pierde su condición de pecador y vuelve a la gracia. Por eso en la Iglesia -tanto el clero como el laicado- cabemos todos, y por eso, es imposible que llegue a ser perfecta en su organización terrenal, exactamente igual a como ocurre, sin excepción, con absolutamente todas las demás organizaciones constituidas por seres humanos.

Toma de seis a siete años para llegarse al sacerdocio. Pero diferentemente de como acontece en la universidad, en el seminario cada nuevo escalón alcanzado proporciona una nueva oportunidad para una profunda reflexión personal y reafirmación del deseo de una entrega total a Dios y su Iglesia. Nadie va a la universidad con ese propósito, ideal y compromiso. Se va para obtenerse un medio de vida para beneficio propio. Si se descubre que las cosas no son como uno imaginaba que iban a ser simplemente se abandona el curso, o la carrera después de obtener el grado, y se busca otra cosa que le provea más beneficio, satisfacción egocéntrica o un futuro más prometedor.

Para el sacerdote no existen esas opciones, su misión es cumplir la voluntad de Dios, dedicar el resto de su vida a servir al prójimo y darle obediencia a la Iglesia.
Los “beneficios” y la “satisfacción personal” que busca el sacerdote no son los mismos que ofrece la universidad; los que él espera están en el cielo.

Eso quizá explique porque sin una autentica vocación es difícil que resulte un buen sacerdote en el mejor de los casos, o en el peor, que termine resultado en uno de los realmente “malos” (tal como tampoco se puede impedir que resulten malos médicos, abogados, políticos, ingenieros, deportistas o lo demás, desde su condición humana).

El sacerdote que (tal como cualquier universitario que se ha equivocado con la carrera que abrazó) es libre para pedir dispensa y abandonar (si bien que continúe con el Sacramento del Orden de por vida). El individuo que sea lo suficientemente coherente e íntegro así  lo hará.

Otros, en cambio, no lo harán y vivirán desajustados en la Iglesia, militando por causas que sabía no hacer parte de la misión que se había propuesto, que era sabedor de que son contrarias al Magisterio y la Tradición de la Iglesia, y a veces, que hasta contrarían a la misma Doctrina. A estas alturas la pregunta lógica es: ¿Si están descontentos que hacen todavía ahí? ¿De que se quejan y por que no se van en vez de molestar a los que se encuentran bien? Esa es una respuesta que no me atrevo a responder, pero quizá su motivación se encuentre explicada en uno de los puntos siguientes.

 
 
2 - Oportunismo profesional

¿Conoce a alguien que trabaje en un empleo que no le gusta, que trabaja contrariado y de mala voluntad, que llega tarde y sale temprano, que se venga estropeando cosas, que habla mal de su jefe y de sus colegas (algunos que hasta acosan a colegas o subordinados sexualmente), que difama o pisotea a los demás para ascender o conservar su puesto, que desperdicia y se aprovecha de los recursos de la empresa desde simples fotocopias hasta cosas de mayor valor?  ¿Tiene alguna duda de que el mundo esté plagado de personas con esa actitud?

Pues bien, no tenga la menor duda de que la gente que piensa y vive con esa mentalidad no pierde la mínima oportunidad en que vea posibilidad de sacarle beneficios y ahí se instala como un parásito.

¿Cual es el más probable resultado tras el paso de una persona así, sin vocación, sin ideales o un proyecto de vida (y a veces hasta sin escrúpulos o principios morales) en cualquier  institución laica o religiosa? ¿Se puede uno creer que si esa persona consiguiese ser admitida en la Iglesia actuaría de modo diferente, solo por que se trata de la Iglesia? No.

Cuando un sacerdote comete un abuso sexual no lo hace porque esa sea una atribución de su ministerio, práctica de la Iglesia o que ella le hubiese instruido para actuar en ese sentido. Es y será siempre una degeneración personal; y si esa persona no fuese sacerdote haría lo mismo en cualquier otro sitio. Un sacerdote pedófilo no es sacerdote por el hecho ser pedófilo. Un individuo de esos es pedófilo independientemente de con que se ocupe y en donde. Explicaré con más detalle esta forma de oportunismo en el próximo punto.

Volvamos a las oportunidades y el “profesionalismo”.

No quiere decir que porque los hay malos, como en el caso anterior, que todos los sacerdotes “profesionales” tuvieran que ser malas personas. No. Los hay buenos como personas, pese a que eso no sea lo suficiente para la salvación de sus parroquianos. Cuando un celebrante necesita fingir que actúa “in persona Christi” (algunos parecen ni saber que significa eso) es difícil que él mismo crea en el milagro de la Transubstanciación.

Otra faceta del problema puede ser la percepción del clero como una posibilidad de que sea un medio de vida tranquilo, con una seguridad garantizada. Sin que llegue a los extremos de un abusador, un individuo que tenga fe pero con un mediocre nivel de aspiraciones de espiritualidad y que consiguiese “transitar” por el seminario no pasaría de un mero “profesional de la religión”. Podrá estar ordenado, pero difícilmente podría igualarse a un sacerdote de verdad, en quien se pueda confiar para la confesión, Eucaristía y orientación espiritual.
Quizá sean de ese tipo de “profesionales” los que comúnmente se ve más preocupados con su reloj, que celebran la Misa con dejadez, con prisa y de forma aburrida; que no consiguen despegarse del mundo y creen necesitar identificarse con él para sentirse aceptados en vez de pastorearlo y liderarlo con su ejemplo. El problema es tanto mayor cuando uno de ese tipo llega a obispo.

Tiempos atrás hubo también la clase de los que eran “enchufados” en la Iglesia por sus familias con perspectivas de prestigio, ambición y poder, bajo la esperanza de un día poder contar con uno de los suyos en la Jerarquía. Pero eso se ha quedado fuera de moda; ahora se les enchufa en partidos políticos laicistas. Mejor así.

 
 
3 – Intereses egocéntricos

En esta categoría sitúo a aquellos que están dispuestos hasta someterse a cursar un seminario y lo más que haga falta para alcanzar sus fines egocéntricos a través de la esfera de la Iglesia. Estos no suelen actuar desde la mediocridad como los “profesionales” acomodados que apenas buscan un techo, paz, sosiego y seguridad. Son verdaderos estrategas que saben muy bien cuales piezas mover, en que momentos y cómo conseguir lo que les interesa realmente. Para algunos la Iglesia les puede servir como instrumento útil y los fieles como un medio, objetivo o victimas, dependiendo de lo que busquen.

Sus motivaciones pueden ser las más variadas: ideológicas, infiltración, corrupción, vanidad, busca de prestigio personal, ambición de poder, coartada, sexo etc.

En el punto anterior prometí abordar más detalladamente el tema de los abusos sexuales. Pues aquí vamos:

Podría haber intitulado este punto de “estrategia maligna”, por que creo que hay casos en que el mal es tan extremo que llega a ser sobrehumano; como creyente los creo ser obra directa del propio demonio.

La peor y más repugnante cara de este tipo de incorporación a la Iglesia es la del predador sexual, y en particular, el pedófilo. Su acción extremamente egoísta es cobarde en todos los aspectos. Sutil y traicionero como una serpiente, se mueve discreta y silenciosamente para ir localizando y enredando progresivamente a sus victimas. La cadena de sus estragos suele ser arrasadora y es la más repugnante imaginable. Cuando uno oye noticias sobre uno de esos casos se escandaliza por el acto en si y prefiere alejar la imagen de la escena de su mente. Pero eso no resuelve el problema; no ayuda a las victimas y no evita que siga ocurriendo. Pide una acción que está al alcance de cualquiera y es deber de todo católico.

Las consecuencias de esos sucesos nunca se limitan al hecho en si. Ese solo es el punto de partida.  Le seguirá siempre un efecto arrasador  que afectará indeleblemente directa e indirectamente a una infinidad de personas. Veamos algunos de los más notorios:

La víctima directa (y siempre hay otras más):

La sorpresa, choque y horror del momento en que una criatura que por su estado de inocencia confía en todo y en todos (y más todavía si por orientación aprendió a confiar en el sacerdote) y de repente se ve sometido a algo que su razón no tiene medios de comprender, y mucho menos por que le está pasando eso a él. Eso es un acto extremamente cobarde contra un pequeño ser impotente para defenderse.

Con un propósito exclusivamente pastoral (santificador) y social, a los religiosos se les atribuye el contacto con niños por cuatro vías principales: orfanatos, escuelas, parroquias y misiones.

Los niños en orfanatos ya se inician en la vida en desventaja, como victimas consumadas debido a su propia desgracia de la orfandad, abandono, o la brutalidad parental. Solo esa circunstancia ya les ha anonadado la infancia. Es exactamente ahí que el Amor de Cristo debería rescatarles de su miseria con toda prioridad y urgencia. Pero al mismo tiempo ese nido de vidas frágiles también se le presenta como una magnifica oportunidad al predador, camuflado de hombre de Dios, para allí establecer un silo para su inmundicia. En un orfanato el predador además de la superioridad de su fuerza física cuenta con el control total de la situación. Puede impunemente someter las pequeñas víctimas a la sumisión y al silencio y mantenerse incógnito por largos años.

En las escuelas ese tipo de predador también puede encontrar cobijo fácil, en donde desde su posición de autoridad  puede observar, evaluar, conquistar la confianza, manipular y chantajear a su gusto, en un confronto desigual entre un adulto experimentado y un niño ingenuo. Eso se pasa exactamente igual a como actúan los pedófilos en la sociedad, solo que conllevan la ventaja de poder pasarse por hombres de Dios y beneficiarse del prestigio de la Iglesia.

En las parroquias este predador que se esconde bajo piel de cordero cuenta con todo a su favor. Dispone de un inmenso “coto de caza”: la confianza de los padres, los grupos de actividades infanto-juveniles y viajes, corales, el confesionario y hasta la misma liturgia (¡los monaguillos y la sacristía!). Repito, dudo mucho que uno solo de los “sacerdotes” de ese tipo pueda tener fe.

Desconozco lo que se pueda pasar en el ámbito de las misiones y no voy a especular sobre esto. Pero lo que yo ni nadie puede alegar desconocer son las noticias de inmensas redes de pedofilia que periódicamente se notician y que misteriosamente se silencia pronto en la prensa, contrariamente a cuando los escándalos involucran a alguien del clero. En esas redes pedofílicas el “intercambio de mercancía” es una práctica común, y me parece difícil que los predadores que actúan en los subterráneos religiosos le hagan una excepción a la regla.

El horror causado por el primer choque del abuso ya es lo suficiente para estropearle al niño el resto de su vida. Pero eso es solamente el comienzo del tormento, los traumas serán una carga extra que la  víctima tendrá que soportar por el resto de su vida.  Toda una vida humana estropeada para que un traidor del clero y la Iglesia disfrutara sus minutos de un placer enfermizo y nauseabundo.

 
(continuará en la próxima semana)